octubre 17, 2009

Las madres tienen Voz y dicen...

Estos monstruos son los mismos que exigen respeto máximo para sus pecados

OFENSA BRUTAL A NUESTRA SANTÍSIMA MADRE EN CALENDARIO GAY

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=4971



Debemos reparar inmediatamente este monstruoso sacrilegio. (Arriba: la profanación gráfica de la Anunciación y de la Asunción). PARA QUE NO LES CREAN A LOS "POBRECITOS" CUANDO
EXIGEN RESPETO Y COMPRENSIÓN.

La desviación carnal siempre acompaña a una desviación espiritual.

octubre 08, 2009

El compromiso y la castidad

Dado un debate que tuve últimamente en el "portadadelibro" (facebook, o sea), decidí hablar más profundamente de este tema que ya había topado algo en mis artículos sobre el celibato. En el primero de ellos hablé justamente del celibato como parte de la castidad en general. Todo esto, porque publiqué en el fb el enlace a un artículo con 10 razones para vivir la abstinencia durante el noviazgo. Venía como anillo al dedo para el hecho de que 3 mil jóvenes ecuatorianos hicieron esa promesa de castidad en Guayaquil. Se levantó un debate, algunas amigas (casualidad: católicas) defendieron el artículo, mientras otros lo cuestionaron. Ante esto, decidí alejarme del debate, para contestar aquí a los cuestionamientos, de manera un poco más extensa. Como la esencia de la castidad -como ya mencioné- ya la hice constar en el artículo mencionado, me enfoco en los argumentos en contra, resumidos precisamente de dicha conversación electrónica. Ahí van:

1) Todo depende.- El peligroso relativismo moral (este punto, que tanto menciono siempre, merece capítulo aparte, que ya desarrollé aquí). Como si las limitaciones de nuestra experiencia e inteligencia pudieran evitar el juicio sobre los actos (ya traté de eso en mi "arte poética"). Recuerden: de los actos, no de las personas. Luego, ¿depende de qué? ¿De las personas involucradas, de su edad, de la calentura, de la hora, del lugar? No depende. Igual que no depende cuando se trata de un asesinato: aunque haya circunstancias atenuantes, aunque se haya cometido en defensa propia, o buscando un bien mayor, murió un ser humano, y eso no lo borra nadie. De la misma manera, pueden haber circunstancias atenuantes en la fornicación (recuerdo que esta palabra se refiere únicamente y siempre a las relaciones sexuales fuera del matrimonio). Por ejemplo, si una pareja está perdidamente enamorada, y sabe que se va a casar, al tener relaciones sexuales mutuamente consentidas lo está haciendo por amor, con compromiso, con entrega exclusiva. Sí, aparentemente todo bien. Pero, ¿existe alguna garantía de que ese compromiso es cierto, que se mantendrá de por vida? Aún psicológicamente, sin la bendición de Dios de ese compromiso mutuo (eso es el matrimonio, no un contrato), es mucho más fácil romper una relación. Aún minutos antes de subir al altar, casos se han visto. Entonces, sí, cierto que si esos novios terminan casándose (o no, porque "no creen en eso") y forman una familia para toda la vida, esas relaciones previas no representarían un daño en sí. Pero, ¿realmente fue así? Habría que hurgar en las conciencias y las psiquis... Y si en ese ayuntamiento prematrimonial se concibe un hijo, ¿cómo se sentirá él al hacer los cálculos y saber que sus padres "se comieron el pastel antes del recreo"?, ¿no dudará si él fue la causa de que se casaran? ¿No habría sido mucho más heroico, altruista, amoroso, esperar ese tiempito que restaba hasta la boda?
Por otro lado, y por si el "depende" no se refieren al caso anterior, sino al hecho de poder compartir con varias parejas sexuales lo que ellos consideran que es "amor", incluso si demuestran fidelidad temporal y transferible (o sea, cuando están con una pareja son fieles a ella, pero sólo mientras dure la relación), ese es otro punto del debate, que trataré más abajo.

2) El tema de la abstinencia antes del matrimonio está fuera de éste y la familia.- Pues no, precisamente este es el tema. El mismo tema que el celibato. El mismo tema que la gran distancia entre el homosexualismo y el ser homosexual. El mismo, claro, que condena la pornografía, el adulterio, la masturbación, la violación, etc. Pero -ante todo- es un tema que no puede ser sacado del matrimonio: algunos piensan que la castidad no existe en el matrimonio, como si "castidad" fuera sinónimo de "celibato". Y es por eso que este es un tema que tiene que ver con regulación de la natalidad, y su contraparte, los métodos no naturales de fertilización. Pero esos son muchos asuntos (que espero poder ir analizando), y ahora quiero enfocarme únicamente en la relación entre castidad y matrimonio, y -con ella- con familia.
La castidad no es una negación de la sexualidad, ni del placer que ésta conlleva. Es -más bien- el poner a la sexualidad humana en su verdadero lugar: un don divino que tiene como fin doble la procreación y la unión entre los cónyuges. No un mecanismo de poder, no un bien de consumo. Es por esto que cuando la Iglesia pide castidad, simplemente está poniendo en claro lo que Dios quiere de nosotros: nuestra dignidad como personas integrales, no sólo en mente y espíritu, sino también en cuerpo.
Y, puesto que la castidad es una manera de demostrar que yo domino mis pasiones, y no que ellas me dominan a mí, ésta debe estar presente en todo momento que vive el ser humano. La castidad es una parte de la virtud de la templanza. En un mundo hedonista y consumista como el que vivimos, la templanza parece un valor caduco. Cuando el mercadeo nos mete por los ojos la gula, la lujuria, la ira, la pereza, la envidia, la avaricia y la soberbia (sí, los siete pecados capitales) es fácil embotarse de hamburguesas y cerveza, acostarse con cualquiera, desear vengarse de quien nos hace daño, matarse trabajando (legalmente o no) para tener lo que tiene el vecino (o más) y tirarse durante un mes en una silla de playa creyéndonos los dueños del Mundo. O esa gula, esa lujuria, esa avaricia que nos llega por medios electrónicos: un afán por verlo todo, por saberlo todo, por tener todo cuanto nos ofrece la televisión, la radio, la internet (una tentación que a mí personalmente me cuesta mantener alejada). ¿Qué tiene de malo? "Tengo derecho a ser feliz".
Pero el problema es -ya lo dije mucho- que confundimos confort con felicidad. Pensamos que mientras no le saquemos sangre o le quitemos la vida visiblemente (muchas veces matamos sin saberlo), o violemos (peor si es un menor de edad) y asaltemos (muchas veces robamos sin que nadie lo note), todo está bien porque no hacemos mal a nadie. Nada más falso. Si en lugar de trabajar estoy viendo las fotos de un amigo en una de esas redes sociales, ¿no estoy robando? Si le cruzo el carro a alguien porque inadvertidamente nos molestó en la vía, ¿no le estoy agrediendo? Si obligo a mi esposa a tomar pastillas anticonceptivas porque yo quiero tener sexo con ella cuando me dé la gana, ¿no la estoy violando?
Precisamente este último ejemplo es el que viene aquí al caso: matrimonio y familia, instituciones sagradas como son, merecen mucho más cuidado que el que nos dicen los medios de masas que hay que tener. El divorcio -por ejemplo- es una grave ofensa para la sociedad, no estamos hablando simplemente de la transgresión de una imposición advenediza de trasnochados eunucos inoficiosos. ¿Por qué? Porque no se trata únicamente de un par de personas poniendo fin a sus diferencias (sean las que sean). Estamos hablando de todo un sistema social que se resiente. Comenzando por los hijos. En un ejercicio de autoengaño, muchos padres divorciados piensan que no les hacen daño a sus niños porque tratan de no reflejar sus problemas matrimoniales cuando están con ellos, y tratan de estar el mayor tiempo posible. Eso cuando no dan preferencia a un supuesto "tiempo de calidad" porque sus hijos no son una prioridad. Esperemos que estos niños sean adultos, y nos cuenten qué sintieron con el divorcio de sus padres (pregúntenle a algún adulto, hoy -a menos, claro, que él esté dispuesto a repetir la historia-). Cuando nos cuenten qué se siente tener un padre lejos, con otra familia, y una madre aquí, con otra familia, y no sentirse parte de ninguno de los dos hogares (o tres, o cuatro). Pregúntenle en cambio al hijo de aquellos que supieron, superando cualquier diferencia, saber mantenerse juntos. Eso sí, no estamos hablando de extremos de violencia intrafamiliar en niveles graves, de padres perennemente ausentes, de condiciones extremas, en fin.
¿Y cómo se llega a un divorcio? Vanalizando, precisamente, la trascendencia del vínculo matrimonial y la familia como núcleo de la sociedad. Pensando que las relaciones de pareja se acaban ahí, en los dos. Pensando que los actos de hoy no repercuten en la familia de mañana. Porque si de soltero le doy el mismo valor a una relación amorosa que a un contrato laboral, en el cual si no me satisface un trabajo me cambio a otro y no ha pasado nada, difícilmente de casado le daré la importancia que tiene al compromiso matrimonial. Y, ¿no se siente una más del montón una persona que sabe que su esposo o esposa se ha acostado con medio Quito? Bueno, no vayamos a extremos. Si mi esposa sabe que tuve relaciones sexuales con otra chica antes de casarme, ¿no sentirá, alguna vez, que la otra pudo ser mejor? ¿O que le transmitió alguna enfermedad? ¿O que, dado el momento, ese vínculo que se forma en una relación sexual saldrá a flote con esa otra mujer? Muy ingenuo sería pensar que eso nunca suceda. Y los hijos, ¿no pensarán cualquier cosa de sus padres si se enteran de su pasado? ¿No llegarán a imitarlos? Hay muchas consideraciones aquí, que deberían analizarse y que son objeto, cada una, de un debate aparte.

3) La fidelidad en el matrimonio es diferente a la abstinencia de los novios.- Son sólo dos facetas de lo mismo, como se vio arriba. Ambos señalan dos aspectos de la misma fidelidad, de la misma castidad. Pongamos dos escenarios, el mejor y el peor (procurando no llegar a extremos), ya tratados antes:
a. Un chico tiene relaciones consentidas con cuanta mujer le gusta. Otra chica hace lo mismo con cada hombre que le atrae. Ambos, en algún punto de su vida, se encuentran, se enamoran y deciden vivir juntos. No tienen hijos, porque no sienten que sean buenos para ser padres. Pasan los años, y algo ha cambiado en su relación. Ya no sienten la misma chispa, la misma comodidad, la misma "química". Terminan separándose, luego de varios años de convivencia.
b. Una pareja se ama y piensa eventualmente casarse. Deciden que tienen una relación estable, que son adultos, que saben "cuidarse" (ya hablaré de esto en otra ocasión) para no tener hijos, que tienen un lugar tranquilo para hacerlo sin molestar a nadie y con la intimidad del caso. Tienen relaciones sexuales, y luego de un tiempo se casan. Tienen hijos y viven juntos el resto de sus vidas.
Aparentemente, en el segundo caso todo está bien. Y en el primero, ¿por qué no? Cambiemos los finales, ¿es eso posible? Claro. En realidad, existen un millón de posibles finales para cada historia, y un trillón de billones más de historias probables, una según cada persona. ¿Cómo termina reflexionando la gente? Que no existe ningún problema en ninguno de los casos, que todo depende (volvemos al punto 1). Pero veamos más detenidamente, y encontremos las semejanzas: ninguna de las cuatro personas valoraron realmente lo que quiere decir compromiso. En cuanto haya tensión, la cuerda se romperá, porque no ha sido lo suficientemente fortalecida. No estamos hablando de reglas determinantes, estamos hablando de generalidades, de esas que conforman las conclusiones que se obtienen con los diversos datos de los estudios. En cambio, cuando una pareja hace el trato de mantenerse célibes hasta el matrimonio (un compromiso antes del compromiso), está entrenándose para mantener su palabra, está demostrando que puede ser fiel.
Si puedo mantenerme casto, estoy siendo fiel a mi esposa antes de casarme con ella. Incluso antes de conocerla, posiblemente. Estoy evitando completamente las huellas de una relación fuera del matrimonio. Ciertamente, no se trata de una traición en el estricto sentido, porque si no hay un compromiso entre dos personas, estar con otro individuo no "traiciona" ningún pacto. Pero sí es fiel al compromiso que vendrá, sea éste cual fuere. Está siendo fiel al futuro de sus hijos, al "récord policial limpio" que uno puede mostrar frente a la familia por venir.
En definitiva, no se dice que sea imposible la fidelidad o la inviolabilidad del lazo matrimonial en aquellas personas que no han sabido mantener la castidad antes del matrimonio. Tampoco lo contrario, que aquellos que han sido castos antes, vayan a seguirlo siendo después (detallaré luego esto también). Estamos hablando de que es más fácil, de que se tienen más herramientas, de que se tiene más entrenamiento. Es esto lo que defendemos, no autoritarismos arbitrarios y locos de una religión que aceptamos a tontas y a ciegas. ¿Tiene o no tiene lógica? A eso voy. Toda norma moral religiosa nos ha sido dada para nuestro bien, y eso es algo que pocos entienden.

4) Las relaciones sexuales prematrimoniales son hechas por amor.- No niego que pueda existir algo de amor, aunque incompleto. El problema aquí es el concepto de amor. Para esto, recurro (como Benedicto XVI en su encíclica) a las traducciones griegas de la palabra amor: 'agapé' y 'eros'. Es decir, el amor no es sólo la parte carnal de él. Ojo, que con carnal no se entienda únicamente la parte sexual, sino lo que se suele decir "química", estar cómodo con el otro, complementarse físicamente. Sentir "maripositas en el estómago". Ciertamente, todo esto tiene un componente sexual. Así que de todas maneras volvemos a lo mismo. Pero, seamos crudos, no estamos hablando de coitos y orgasmos. Estamos hablando de afinidad intertegumentaria. "Cuestión de piel", dirían otros. Es decir, lo que uno entiende por enamoramiento cuando es guambra. Cuando siente atracción física por otro individuo. Eso, y a eso iba, no es amor, señores. Es una parte del amor. Es el 'eros' de los griegos.
Pero el amor tiene otro componente: la entrega. No es, esta vez, la entrega física (aunque también forma parte). Es la donación de uno al otro. Esa parte del amor que se hace visible no únicamente en los esposos, sino en los amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y entre prójimos. Incluso entre un cristiano y su enemigo. El agapé (de donde viene nuestra palabra castiza "ágape"). Pues si el eros es autocomplaciente, el agapé es sacrificado. Si no existen los dos, no existe realmente el amor de pareja.
Yo siempre lo vi así, y me dio la razón San Agustín: ya que el ser humano es, integralmente, cuerpo, mente y alma, también el amor tiene un componente corporal, físico; un componente mental, psicológico; y un componente espiritual, del alma: la atracción, la química, la complementariedad sexual; la necesidad de apoyo mutuo; el sacramento renovado día a día. Debe existir perfecto equilibrio entre los tres vértices de ese triángulo. Si uno de los componentes falta, o los demás lo sobrepasan, el amor no está sano, y por tanto el matrimonio también enferma. Ese equilibrio es una permanente lucha, no es perfecto siempre. Pero se puede lograr. Los cristianos decimos que con amor y oración; es decir, poniéndole el hombro a lo que nuestro corazón busca y Dios quiere para nosotros.
Entonces, comparemos esta definición de amor con la que nos da el Mundo. Esa de Hollywood, de las novelas rosas, de las revistas del corazón, de las canciones "románticas". Ese amor que llora, no porque se siente infértil, sino porque necesita algo. Ese amor que ríe, no de felicidad completa, sino de alegría temporal. Ese del "te quiero", más que del "te amo". Como dice el gran filósofo José José (perdón la ironía), "porque todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar". En ese temita, la equivocación está en que dice "amar es sufrir, querer es gozar", porque el amor es como la vida: tiene partes de gozo y partes de sufrimiento. Y de ahí viene otro punto clave, que trataré más abajo: el valor del sacrificio.
En definitiva, si amo no tengo por qué sufrir por el sacrificio de conservar mi cuerpo y mi alma íntegros para el matrimonio. Se trajo a colación la cita de uno de los mandamientos que resumen todos los demás (Mc.12:31), como nos dijo Cristo. Triste que se tome eso tan a la ligera. Primero, porque el primer mandamiento es "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas". Eso ya nos tiene que dejar pensando. ¿Qué quiere el Señor de nosotros, de nuestros cuerpos, de nuestra relación con los demás? ¿Cómo le demostramos ese amor que le tenemos? Para esto, no hay que ir buscando interpretaciones antojadizas de versículos aislados de la Biblia. Porque no estamos hablando sólo de la Biblia. A lo largo de la historia de la Humanidad, en todas las religiones, lo que quiere Dios de nosotros es pureza. Cierto es que ciertas religiones han interpretado ese término demasiado laxamente, y en otras demasiado duramente, pero eso es otro tema. El cristianismo siempre entendió esta pureza en el sentido que hemos hablado todo este tiempo. No otro.
Esa interpretación errada del amor, que lleva a una exégesis pervertida del citado pasaje del Evangelio, da como resultado sectas como "Los hijos de Dios" (o "Los niños de Dios", como se le ha conocido), donde nada importa (ni paidofilia, ni incesto, ni poligamia, ni nada) porque según ellos se hace con amor. Creo que con esto queda claro por qué debemos entender bien qué es amor, para poder hablar del resto.

5) Hay hogares cristianos donde los matrimonios se separan.- Este argumento quiere demostrar que la norma no garantiza su cumplimiento ni su validez. Es decir, que defender la castidad antes del matrimonio no es garantía de que ésta exista después. O, en otras palabras, que aquellos que "supuestamente" fueron célibes hasta su casamiento no necesariamente tienen una garantía de indisolubilidad de la pareja. Absurdo, sofisma y falacia lógica basada en la disponibilidad heurística. Es decir, porque se conozcan casos (que suelen ser más recordados que los de matrimonios que duran hasta la muerte) como estos no significa que dicho argumento sea válido. Seguro, si nos ponemos a contar, conocemos más personas fieles a sus matrimonios que divorciadas, aunque éstas nos salten a la mente (fenómeno de saliencia) más fácilmente, por dramáticos y dolorosos.
Lo voy a poner de otra manera: me dicen que hay parejas católicas que terminan divorciándose. Claro. Ser católico no significa ser perfecto. Peor todavía, etiquetarse como católico no es garantía de serlo, realmente. El hecho de casarme convencido de la importancia de la castidad no me invulnerabiliza ante las tentaciones de ser infiel. Es como decir, creo que ya he usado este ejemplo (y perdón si no es muy ajustado), que un oftalmólogo no vaya a tener mala vista, y -aún peor- si la tiene no se la haga revisar.
Sin embargo, también hay que distinguir entre la separación y el divorcio (aunque en el fondo y etimológicamente no exista mayor diferencia): la separación es simplemente física, el divorcio es un acto legal que rompe el matrimonio (asimismo legal). En otras palabras, quien se separa sigue casado, aunque no vuelva a convivir con la otra persona. El divorciado, sin embargo, puede seguir viviendo con la esposa, pero su matrimonio legalmente ya no existe. Siempre hay que recordar esta palabra: "legalmente". Es decir, por las leyes civiles únicamente. Para Dios, y nosotros los que creemos en él, el matrimonio es indisoluble. Por más que una persona se divorcie de otra, eso no es más que papeles. Psicológica y socialmente, (no sólo judicialmente), el divorcio termina con el matrimonio, dándole libertad a los divorciados a contraer otro matrimonio. Por lo tanto, y ante los ojos de quienes creemos en la indisolubilidad matrimonial, la sociedad y la ley le dan permiso para vivir en adulterio. Esa es la gran diferencia. Aunque en una sociedad cada vez más permisiva, donde incluso el adulterio dentro del matrimonio deja de ser visto como una falta o un pecado, ni siquiera la separación resulta ser, psicológicamente, suficiente para mantener el celibato. Existe también la declaración de nulidad del matrimonio (ojo, no es una anulación), es decir, un tribunal competente estudia el caso y declara que el matrimonio es nulo; o sea, que nunca existió, por ciertas razones determinadas, como -por ejemplo- haberse casado obligado por amenaza de muerte. Pero este ya es otro cuento, creo.
Por esto, no es una falta en sí separarse del marido o la mujer. La falta consiste en pensar que el matrimonio, con todas sus obligaciones, dejó de existir. Miremos sólo a los niños que han nacido, fruto de ese matrimonio. ¿Dejan de existir porque sus padres firmaron un papel? ¿Sus necesidades psicológicas, afectivas, físicas, espirituales, dejan de aquejarlos? Ahí está el quid del asunto.
En definitiva, quien creyendo en el matrimonio, su categoría de institución y su indisolubilidad, decide vivir en concubinato con otra persona por creerse "libre" gracias al juicio de divorcio, está pecando. ¿Por qué? Simplemente porque está haciendo daño a otros, y a él mismo. Como aquel que, sabiendo que robar está mal, se queda con el vuelto del encargo. Eso no nos da derecho, ni a condenar a esa persona (pecadores somos todos, y el juicio es de Dios), ni tampoco a suponer con ello que la castidad, la fidelidad y el matrimonio como institución son invenciones caducas.

6) Al revés de lo que dicen los católicos, es por las imposiciones religiosas que hay abortos, infidelidades, divorcios, niños no deseados.- Claro, y la obesidad es culpa de los cacaoteros y los ganaderos. Claro, y los asaltos son consecuencia de las leyes en contra el apoderamiento ilegítimo. O, como dicen ahora mucho, la culpa es de la vaca. Como dije en mi artículo sobre el relativismo moral (que ya cité en el primer punto) el valor de la norma reside en su interiorización, no en su imposición. La culpa de los fenómenos que se traen a colación -luego- no es de la norma en sí, sino de que (siempre señalaré las falencias pedagógicas de ciertos grupos) la gente no entiende el bien que entraña seguir la norma. En este caso, la gente se casa porque le toca, porque es lo normal, porque le obligan las circunstancias; no porque entiendan el valor del matrimonio. Por esto, si no entendieron el valor de la castidad, ¿cómo se va a culpar a este principio la existencia de los errores que son -precisamente- consecuencia de la ausencia de valores interiorizados?
Hablando clarito: si una persona tiene que casarse con otra que no ama por haber concebido un niño, ¿cómo podemos culpar a la Iglesia, que promueve la castidad, por un matrimonio que surge de no practicarla? Contradictorio, por decir lo menos. Y lo mismo se puede decir del aborto, los niños abandonados, etc. Porque quien no practica la castidad dentro y fuera del matrimonio, difícilmente se preocupa por mantener un matrimonio o por traer al mundo con amor a un hijo inesperado. Entonces, ¿de quién es la culpa? ¿De la Iglesia que promueve la castidad, la fidelidad y el amor; o los medios que nos venden sexo hedonista y sin compromiso desde que nacemos? Piénsenlo bien.

7) Hay gente que vive infeliz con alguien que no ama, por culpa de principios religiosos.- Sí. ¿Y? Hay gente que vive infeliz junto a quien no ama por conveniencia económica, por miedo, por cuestiones legales, por costumbre. Eso no demuestra nada. Al menos los principios religiosos buscan un bien superior. Eso no desvirtúa para nada el valor de la castidad, de la familia, y del matrimonio en sí. ¡Cuántas personas se han mantenido juntas por sus hijos, y ellos se lo agradecen? ¿Eso no es amor? Porque el pretexto del divorcio es que "se nos acabó el amor". Claro, el amor incluso por los hijos. En cambio, quien se mantiene casado para cuidar de alguna manera la salud mental de los hijos es visto como un hipócrita. ¿Es entonces el amor el asunto aquí? Pero yo sé por dónde va el comentario: en este mundo edulcorado, lo mejor es huir de las complicaciones. No está bien visto permanecer ahí donde algo nos duele, es estúpido. Y en ese engaño vive la mayoría de personas, y por eso no ven ningún problema en destruir un matrimonio donde no están todo lo contentos que hubieran querido. Y aquí va el siguiente punto.

8) ¿Por qué esa visión martirizadora del amor? No hay necesidad de autoflagelarse.- El Siglo nos trata de convencer de que el sufrimiento es algo que se puede (más bien, que se debe) evitar. Falso. Y ahí está el quid del asunto. Cuando se defiende a capa y espada las relaciones sexuales prematrimoniales como fruto del amor, y como una especie de probana de lo que sería estar casados (como si el matrimonio fuera sólo sexo), entonces se está demostrando que lo que se piensa del amor es exactamente esa parte egoísta que lo que busca es el placer. Compartido, tal vez, pero placer propio, al fin y al cabo. En cuanto haya dolor, habrá que huir. "Curar las heridas". Analgésicos, anestésicos. Ahí diría, como Sabina: "deme pastillas para no soñar". O sea, la vida es dura, el amor duele, pero quiero estar despierto para enfrentarlo.
El martirio no es algo malo, aunque se han encargado de hacérnoslo ver así. 'Mártir' significa 'testigo'. Por eso, el martirio nos remite a un dolor (incluso la muerte) que se sobrelleva por alguna causa superior. Si nos martirizamos somos un testimonio vivo de que nuestros ideales pesan más que nosotros, que nuestros instintos (incluso el de conservación). ¿No es eso válido? Eso nos vuelve héroes, nos vuelve modelos. ¿No son eso, precisamente, los santos de la Iglesia Católica? Claro, no todas las personas tienen ese valor para ser héroes. Pero, ¿a quién no le gustaría serlo? Entonces, al revés de lo que aparece, no es malo sacrificarse, martirizarse, autoflagelarse, si con eso consigo un bien superior, si con eso aparezco como testigo fiel de los principios que defiendo. En el Mundo se venera a héroes seculares mitificados como el Ché o Abdón Calderón, o héroes de ficción como "V" (aunque basado ligeramente en el personaje real Guy Fawkes) o Rambo; personajes que no sólo se sacrifican ellos, sino -las más de las veces- que sacrifican a otros (los enemigos de los héroes, percibidos como los "malos"). Pocos se detienen a pensar si estos héroes lo son por su propio sacrificio, o por otras cualidades más sangrientas.
Aquí haré una confesión (porque suele entrar a colación): como San Pablo, San Agustín o San Francisco, diré que no siempre fui fiel a lo que ahora creo. Pero eso no es algo que me enorgullezca y que me haga decir como los otros: "está bien porque todo depende" (punto 1 otra vez -jaja-), o "como yo hice tal o cual cosa, entiendo a los que la hacen y no puedo juzgar sus actos". Todo lo contrario: ¡cómo hubiera querido comprender esto desde mi primera adolescencia, para poder decir ahora que me mantuve casto hasta el matrimonio! Claro, y me curo en sano, tampoco es que fui un libertino que se acostó con la que era y la que no era. Pero esas pequeñas cosas que hice, que para otros no estuvieron mal, a mí me pesan como grandes fardos, que aunque sé que Dios ya me los perdonó, y yo también a mí mismo (por entender mis circunstancias -precisamente-), traen seguramente hasta hoy secuelas de las que no me puedo librar. De eso también ya hablé.
En otras palabras, y para meter esto en todo lo anterior, ¿quién ama: quien se entrega, o quien se sacrifica? Porque amar no simplemente significa hacer feliz a alguien, según mis parámetros; sino más bien buscar el bien de la otra persona, aún a costa suya, no sólo a costa mía. Porque ser bueno no significa simplemente no hacer daño, sino hacer bien. Hoy, la virginidad es vista como una rareza, de seres bizarros y fanáticos. Si sale Kaká diciendo que se mantendrá virgen hasta el matrimonio, o no le creen o se ríen y piensan que es lógico porque pertenece a alguna secta especial. Pero no, simplemente es cristiano. En cambio, nadie se asombra de que su compañero en el Madrid, "Cristiano" Ronaldo se acueste con todo el mundo (ahi sí, con TODO el mundo). Por supuesto, porque hoy lo normal es rendirse a los instintos, y la continencia es una enfermedad mental. Se dice: "la única manera de vencer a la tentación es cayendo en ella". Entonces, es lógico que las personas comunes piensen que la abstinencia fuera del matrimonio es perfectamente normal, y que los sacrificios y martirios son estúpidos, y que todo esto no tiene nada que ver con el matrimonio, la familia, y que en últimas ni siquiera es tan importante.

Lo más triste de todo esto es -precisamente- que en el debate se quiso pasar por alto el tema como algo poco importante, y como un puritanismo fanático. ¿Por qué? Porque duele. Porque sacrificarse, tratar de dominar nuestros instintos, duele. Porque en el vértigo de nuestros días, esperar es algo que no se puede concebir. El inmediatismo nos mueve a actuar y después pensar. Entonces, ¿para qué pensar si está bien o mal (pero realmente bien o mal) si total ahorita disfruto y veremos qué pasa? Eso es lo que criticamos, y espero que sea entendido. No es un tema trivial, porque la castidad y el compromiso (que son muestras de fidelidad) son justamente cimientos donde se funda una sociedad saludable, que puede desarrollarse convenientemente. Y con el apoyo permanente de la fe en Dios, que no es poco.

octubre 01, 2009

Las madres tienen Voz y dicen... ya llegó la...





HETEROFOBIA

“A ellos les parece raro que ustedes ahora no corran con ellos hacia ese torrente de perdición, e incluso lo interpretan mal; pero tendrán que rendir cuentas a Aquel que está preparado para juzgar a vivos y a muertos." (1 Pe 4, 3-5)

Que en este mundo todos son libres para unirse en pareja con quien les dé la gana, sólo con las limitaciones que impone la ley de cada país, de acuerdo… Pero que algunos quieran elevar sus uniones particulares al nivel sagrado del matrimonio entre hombre y mujer, célula fundamental de la sociedad y de la producción de nuevos seres humanos que pueblen la tierra, es otra…

Basta que expresemos esta convicción, amparados bajo el derecho a la libertad de cultos y de conciencia que nos asiste, consignado (todavía) en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para que empiecen los insultos de los homosexuales contra nosotros.

El más “científico” de todos los insultos que nos endilgan es el de “homofóbicos”, o sea, dicen que les tenemos fobia u odio a los homosexuales.

NADA MÁS FALSO.  Que por nuestra fe sepamos que algo es pecado no quiere decir que rechacemos al pecador, pues además TODOS somos pecadores en una u otra forma, y Jesús dijo que no juzguemos a nadie y que veamos primero la viga en nuestro ojo.

Y ahora resulta que los grupos homosexuales han desarrollado una verdadera “heterofobia” contra nosotros y los dizque “homofóbicos” somos los verdaderamente odiados, insultados, perseguidos y discriminados por proclamar nuestra fe.  Nada nuevo, los cristianos siempre seremos perseguidos (aunque nos llamen “perseguidores”) como Jesús nos lo anunció.

Pero siguiéndoles el hilo a nuestros perseguidores, si nosotros somos “homofóbicos” por pensar que el matrimonio es sólo entre hombre y mujer, entonces, no sólo somos “homofóbicos”, sino que resulta que tenemos una larguísima lista de fobias, que, la verdad, asusta…

Un poco en chiste y un poco en serio, aquí va el…  

DICCIONARIO DE FOBIAS, SEGÚN LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO  

COSOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre una cosa y una persona.

FANTASMAFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre un fantasma y un humano vivo.


NECROFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre un muerto (puede ser una momia) y un vivo.

ALIENOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre un alien y un terrícola.

ZOOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre un animal y un ser humano.

PEDERASTOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio de un niño con un adulto.

HARENOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio de un hombre con muchas mujeres a la vez, o de una mujer con muchos hombres a la vez.

BISEXOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio bisexual, entre 3 personas.  Por ejemplo: 2 hombres y 1 mujer; 2 mujeres y 1 hombre.

INCESTOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre padres e hijos o con el matrimonio entre dos hermanos.

LESBOFÓBICOS: los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre dos mujeres.

HOMOFÓBICOS:  los que no están de acuerdo con la legalización del matrimonio entre dos hombres.

Los que no están de acuerdo con todas las legalizaciones anteriores y, sobre todo, no están de acuerdo con que les enseñen a los niños en el colegio que todo lo anterior es muy bueno, son los peores fóbicos de todos, y se llaman:

EDUCAGENEROFÓBICOS.

No importa que los “educagenerofóbicos” amen a las personas pertenecientes a los grupos anteriores, las respeten, las contraten en sus empresas, inclusive recen por ellas; basta que no estén de acuerdo con que a sus hijos se les enseñe en el colegio Ideología de Género, para que hayan cometido el peor de los crímenes: UN CRIMEN DE FOBIA (o crimen de “odio”, que es lo mismo).

Estos detestables “educagenerofóbicos” merecen actualmente, según la legislación ecuatoriana, la cárcel y, probablemente, si la legislación avanza un poquito más gracias a la abogada María Paula Romo, que les quiten a sus hijos para que sean criados en un hogar donde sí les enseñen y permitan que en el colegio les enseñen que todo lo anterior está muy bien.



(Favor no delatarnos: este blog es educagenerofóbico. Triz)